jueves, 14 de noviembre de 2013

Descripción de una noche de noviembre




Llegué a casa. En mi habitación todo parece estar intacto en el lugar de siempre, con el color de siempre, inmóvil. Nada ha cambiado. El silencio, las paredes, el tocador, la cama, los libros. Todo siegue ahí.

Afuera la gente parece reír por nada, o reír por todo. Llorar. Llorar de felicidad, llorar de tristeza, llorar por antojo. El mundo enloquece y yo continúo limitada a sentarme en algún rincón y observarlo.

Todo guarda silencio a esta hora y yo busco la luz o un espejo. Escupo palabras sin sentido en el afán de expulsar de mi cuerpo lo que arde.

Intento escribir tu nombre y me detengo. No quisiera traerte a mención en estas letras que siempre juzgaste pobres o hacer de tu cuerpo un poema vulgar y barato, indigno de tu refinado gusto literario.
Intento extraviarme entre las páginas de un libro y de repente tu nombre se escribe con todas las letras del abecedario.
Intento hacer de esta hora un instante breve.
Intento escribir el vacío y dibujo mil palabras inútiles.

Llueve.

Sí, sólo sé que llueve, que son las 10:46 pm y aquí en este silencio, el sin sentido de la vida duerme a mi lado.


Heidy Alachán.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Marcela Largarde - Soledad o Desolación


María Marcela Lagarde y de los Ríos (Ciudad de México, 1948) es una académica, antropóloga e investigadora mexicana, representante del feminismo latinoamericano. Es autora de numerosos artículos y libros sobre estudios de género, feminismo, desarrollo humano y democracia, poder y autonomía de las mujeres, etc. Es catedrática de la Universidad Nacional Autónoma de México. En su juventud, Marcela Lagarde fue militante del Partido Comunista. Se presentó a las elecciones como candidata independiente en las listas del Partido de la Revolución Democrática(PRD) y fue elegida diputada en el Congreso Federal mexicano entre 2003 y 2006. Durante la legislatura destacó su trabajo a favor de los derechos de las mujeres.


Soledad o Desolación


"Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad; porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se nos ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos. Esta construcción se refuerza con expresiones como las siguientes ¿te vas a quedar solita?, ¿Por qué tan solitas muchachas?- hasta cuándo vamos muchas mujeres juntas-. 

La construcción de la relación entre los géneros tiene muchas implicaciones y una de ellas es que las mujeres no estamos hechas para estar solas de los hombres, sino que el sosiego de las mujeres depende de la presencia de los hombres, aún cuando sea como recuerdo.

 Esa capacidad construida en las mujeres de crearnos fetiches, guardando recuerdos materiales de los hombres para no sentirnos solas, es parte de lo que tiene que desmontarse. Una clave para hacer este proceso es diferenciar entre soledad y desolación. Estar desoladas es el resultado de sentir una pérdida irreparable. Y en el caso de muchas mujeres, la desolación sobreviene cada vez que nos quedamos solas, cuando alguien no llegó, o cuando llegó más tarde. Podemos sentir la desolación a cada instante.

 Otro componente de la desolación y que es parte de la cultura de género de las mujeres es la educación fantástica para la esperanza. A la desolación la acompaña la esperanza: la esperanza de encontrar a alguien que nos quite el sentimiento de desolación.

 La soledad puede definirse como el tiempo, el espacio, el estado donde no hay otros que actúan como intermediarios con nosotras mismas. La soledad es un espacio necesario para ejercer los derechos autónomos de la persona y para tener experiencias en las que no participan de manera directa otras personas. 

Para enfrentar el miedo a la soledad tenemos que reparar la desolación en las mujeres y la única reparación posible es poner nuestro yo en el centro y convertir la soledad en un estado de bienestar de la persona. 

Para construir la autonomía necesitamos soledad y requerimos eliminar en la práctica concreta, los múltiples mecanismos que tenemos las mujeres para no estar solas. Demanda mucha disciplina no salir corriendo a ver a la amiga en el momento que nos quedamos solas. La necesidad de contacto personal en estado de dependencia vital es una necesidad de apego. En el caso de las mujeres, para establecer una conexión de fusión con los otros, necesitamos entrar en contacto real, material, simbólico, visual, auditivo o de cualquier otro tipo. 

La autonomía pasa por cortar esos cordones umbilicales y para lograrlo se requiere desarrollar la disciplina de no levantar el teléfono cuando se tiene angustia, miedo o una gran alegría porque no se sabe qué hacer con esos sentimientos, porque nos han enseñado que vivir la alegría es contársela a alguien, antes que gozarla. Para las mujeres, el placer existe sólo cuando es compartido porque el yo no legitima la experiencia; porque el yo no existe. 

Es por todo esto que necesitamos hacer un conjunto de cambios prácticos en la vida cotidiana. Construimos autonomía cuando dejamos de mantener vínculos de fusión con los otros; cuando la soledad es ese espacio donde pueden pasarnos cosas tan interesantes que nos ponen a pensar. Pensar en soledad es una actividad intelectual distinta que pensar frente a otros. 

Uno de los procesos más interesantes del pensamiento es hacer conexiones; conectar lo fragmentario y esto no es posible hacerlo si no es en soledad. 

Otra cosa que se hace en soledad y que funda la modernidad, es dudar. Cuando pensamos frente a los otros el pensamiento está comprometido con la defensa de nuestras ideas, cuando lo hacemos en soledad, podemos dudar. 

Si no dudamos no podemos ser autónomas porque lo que tenemos es pensamiento dogmático. Para ser autónomas necesitamos desarrollar pensamiento crítico, abierto, flexible, en movimiento, que no aspira a construir verdades y esto significa hacer una revolución intelectual en las mujeres. 

No hay autonomía sin revolucionar la manera de pensar y el contenido de los pensamientos. Si nos quedamos solas únicamente para pensar en los otros, haremos lo que sabemos hacer muy bien: evocar, rememorar, entrar en estados de nostalgia. El gran cineasta soviético Andrei Tarkovski, en su película "Nostalgia" habla del dolor de lo perdido, de lo pasado, aquello que ya no se tiene.

 Las mujeres somos expertas en nostalgia y como parte de la cultura romántica se vuelve un atributo del género de las mujeres. 

El recordar es una experiencia de la vida, el problema es cuando en soledad usamos ese espacio para traer a los otros a nuestro presente, a nuestro centro, nostálgicamente. Se trata entonces de hacer de la soledad un espacio de desarrollo del pensamiento propio, de la afectividad, del erotismo y sexualidad propias. En la subjetividad de las mujeres, la omnipotencia, la impotencia y el miedo actúan como diques que impiden desarrollar la autonomía, subjetiva y prácticamente.

 La autonomía requiere convertir la soledad en un estado placentero, de goce, de creatividad, con posibilidad de pensamiento, de duda, de meditación, de reflexión. Se trata de hacer de la soledad un espacio donde es posible romper el diálogo subjetivo interior con los otros y en el que realizamos fantasías de autonomía, de protagonismo pero de una gran dependencia y donde se dice todo lo que no se hace en la realidad, porque es un diálogo discursivo. 

Necesitamos romper ese diálogo interior porque se vuelve sustitutivo de la acción ; porque es una fuga donde no hay realización vicaria de la persona porque lo que hace en la fantasía no lo hace en la práctica, y la persona queda contenta pensando que ya resolvió todo, pero no tiene los recursos reales, ni los desarrolla para salir de la vida subjetiva intrapsíquica al mundo de las relaciones sociales, que es donde se vive la autonomía. 

Tenemos que deshacer el monólogo interior. Tenemos que dejar de funcionar con fantasías del tipo: "le digo, me dice, le hago". Se trata más bien de pensar "aquí estoy, qué pienso, qué quiero, hacia dónde, cómo, cuándo y por qué" que son preguntas vitales de la existencia. 

La soledad es un recurso metodológico imprescindible para construir la autonomía. Sin soledad no sólo nos quedaremos en la precocidad sino que no desarrollamos las habilidades del yo. La soledad puede ser vivida como metodología, como proceso de vida. Tener momentos temporales de soledad en la vida cotidiana, momentos de aislamiento en relación con otras personas es fundamental, y se requiere disciplina para aislarse sistemáticamente en un proceso de búsqueda del estado de soledad.

 Mirada como un estado del ser - la soledad ontológica - la soledad es un hecho presente en nuestra vida desde que nacemos. En el hecho de nacer hay un proceso de autonomía que al mismo tiempo, de inmediato se constituye en un proceso de dependencia. Es posible comprender entonces, que la construcción de género en la mujeres anula algo que al nacer es parte del proceso de vivir.

Al crecer en dependencia, por ese proceso de orfandad que se construye en las mujeres, se nos crea una necesidad irremediable de apego a los otros. 

El trato social en la vida cotidiana de las mujeres está construido para impedir la soledad.El trato que ideológicamente se da a la soledad y la construcción de género anulan la experiencia positiva de la soledad como parte de la experiencia humana de las mujeres. Convertirnos en sujetas significa asumir que de veras estamos solas: solas en la vida, solas en la existencia. Y asumir esto significa dejar de exigir a los demás que sean nuestros acompañantes en la existencia; dejar de conminar a los demás para que estén y vivan con nosotras. 

Una demanda típicamente femenina es que nos "acompañen" pero es un pedido de acompañamiento de alguien que es débil, infantil, carenciada, incapaz de asumir su soledad. En la construcción de la autonomía se trata de reconocer que estamos solas y de construir la separación y distancia entre el yo y los otros." 

Fuente: Marcela Lagarde "Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres" - Instituto Andaluz de la mujer"- Málaga- España- Marzo 2000.

viernes, 8 de noviembre de 2013

De la lluvia



"y cuando llovía me entraba el agua hasta el alma."
-Julio Cortázar.


Salí a la calle. Llovía. Me perdí entre la lluvia, entre la tranquilizadora música de las gotas sobre el pavimento.
A nadie le importa una lluvia cualquiera lavando la ciudad en una hora sin nombre. A nadie le importa una mujer sentada en una orilla de una calle cualquiera, absorta ante el milagro o la obviedad del cielo mojando la tierra.
Había buscado tanto este silencio. Deseé este exilio y esta claro obscura fotografía de la tarde. Busqué esta forma de dibujar mi rostro, de reconocer mi voz y olvidarla. De hacer del silencio el lenguaje de mis ojos, de purificarme de miedos y penas con la lluvia deslizándose por mi cuerpo.
Repasé tantas veces el festejo a esta hora cuando no existiera más que mi opaca silueta mal dibujada por la lluvia, en la orilla de una calle.
Sin necesidad de voces, de sombras. Limpia de fantasmas. Libre. Plena.
Enlisté las horas, los días, procurando no escribir más que mi nombre. Los meses, los años, desvistiendo la palabra soledad con luz de día para ver de cerca su encanto. 
Y estaba justo ahí, a esa hora, en esa calle, bajo la lluvia de una tarde de viernes, sin muertos, sin nombres, sin canciones, sólo el viento susurándome futuros al oído. 
Con una sonrisa en los labios saludando a la tristeza, dejando correr los recuerdos de alguna época que ya no existe. Vacía de rencores en contra de la nostalgia que me negó en algún tiempo los mejores paisajes de los días. 
La tarde y la lluvia se han ido. 
Es de noche y yo tengo las manos llenas de esperanza. Mañana, al despertar, seguiré caminando por estas calles, esperando que la lluvia me sorprenda nuevamente y me moje de olvido para continuar desaprendiendo la palabra pasado.

Heidy Alachán.